Le Corbusier y la fealdad de la razón

Según el plano que cogí el primer día en el albergue, la “unidad de habitación” la Cité Radieuse de Marsella, es un edificio de viviendas que, como su propio nombre indica, incorpora en el diseño las teorías de la ciudad radiante de Le Corbusier.

Emocionado por tamaña descripción y por el nombre de Le Corbusier -y sin tener ni la más remota idea de lo que eran las teorías de la ciudad radiante, lo admito-, me he plantado esta mañana en el lugar… Y me he quedado sin palabras.

A decir verdad, lo he intentado con “horrible”, “antiestético” y “horroroso”, pero ninguna de ellas transmite lo extraordinariamente desagradable que es a la vista. La susodicha Ciudad Radiante es un mastodonte de hormigón visto y líneas rectas que recuerdan a las construcciones comunistas soviéticas. Es, simple y llanamente, feo. Muy feo. Extremadamente feo.

Debo confesar, sin embargo, que, una vez lo he tenido enfrente, no he podido dejar de hacerle fotografías. No sé si porque era de Le Corbusier, porque realmente hay algo cautivador en sus proporciones áureas que no se percibe a primera vista o porque la extrema fealdad es más atractiva que la extrema belleza. En todo caso, lo he retratado desde todos los ángulos… Y lo sigo encontrando feo.

Pero en toda historia tiene que haber una catarsis, una evolución de los personajes; en éste caso la mía que, no dejándome llevar por las primeras impresiones, he querido informarme de las razones y atenuantes que llevaron a Monsieur Le Corbusier a cometer tamaño crimen contra la estética… Y de manera reincidente, además, pues la Cité Radieuse de Marsella es la primera de una serie de cinco, desperdigadas las demás por Nantes ( ! ), Berlin ( !! ), Briey y Firminy.

Mi primer contacto con Le Corbusier, más allá de oírles repetir el nombre como un mantra a generaciones y generaciones de embelesados estudiantes de Arquitectura, fue en clase de Urbanística, donde nos hablaron de él muy de pasada, como uno de los principales miembros del movimiento racionalistamoderno.

Los racionalistas se dieron a conocer en 1933 con la llamada Carta de Atenas, en la que exponen sus principios. A muy grandes tiros, se trataba de ordenar el espacio para separar lo máximo posible el tráfico rodado de las personas. Éstas vivirían en inmuebles de gran altura, aislados y rodeados de zonas verdes. Las calles discurrirían lejos de los edificios y a diferente nivel que las vías pedestres, con lo que -en teoría- se conseguiría un tráfico fluido que atravesaría sin molestar una ciudad de viandantes y jardines.

Hasta aquí todo se ajusta a la Cité Radieuse. Es, claramente, un edificio de gran altura, aislado del resto y de la calle. Su eje no es paralelo a la misma, sino que sigue, más o menos, la diagonal de la parcela, dejando grandes espacios verdes a cada lado. Y, bueno, la calle no pasa a otro nivel, pero hay un muro de setos que la esconde.

Pero había más. Lo que yo conocía eran las teorías de Le Corbusier concernientes a la ciudad: me faltaban las que se referían a las viviendas en sí mismas: las teorías de la Ciudad Radiante.

Tras un poco de investigación (abrir Google y teclear “ciudad radiante”, principalmente), descubro que las teorías de la ciudad racional y de la ciudad radiante son, en efecto, dos caras de una misma moneda: para liberar espacio verde entre edificios, Le Corbusier opta por incrementar la altura de los mismos, así como por un diseño que le permite aprovechar al máximo tanto el espacio como la luz. La Cité Radieuse -o le Corbu, como lo llaman cariñosamente sus habitantes-, está orientada según el eje Norte-Sur. Las viviendas son perpendiculares al eje, estructurados en duplex que ocupan, cada uno, toda la anchura del edificio, de una fachada a la otra. Le Corbusier libera, además, estas fachadas de su función estructural, lo que le permite abrirlas casi por completo, con ventanales que ocupan toda la anchura del apartamento y que, por la disposición perpendicular, se abren a Este y Oeste, procurando iluminación a lo largo de todo el día.

La Cité comprende unas 300 viviendas, el número que el arquitecto supuso adecuado para que  sus integrantes se sintieran parte de una comunidad, una “unidad de habitación”, con servicios y equipamentos que cubrieran sus necesidades, formando una verdadera ciudad dentro de la ciudad. No hay apartamentos à rez-de-chaussée (es decir, a nivel de la calle), sino que todo el edificio se asienta sobre pilares, dando lugar a una planta baja transparente, que evidencia la voluntad de segregar a los habitantes del tráfico (y que haría llevarse las manos a la cabeza a cualquier experto en construcción parasísmica). En cambio, la terraza está abierta a toda la comunidad. En ella, como perlas escondidas en la arena, se levantan -oh, cielos- los únicos volúmenes del edificio que no están formados exclusivamente por líneas rectas ortogonales.

Esta foto es demasiado buena para haberla hecho yo. La imagen está sacada de Wikimedia Commons.

Todo ello evidencia una clara búsqueda de la comodidad y el bienestar de sus habitantes, basada en principios racionales, como lo son la ordenación tridimensional del espacio y la búsqueda de la luz y el aire libre. Sin embargo, las tesis del racionalismo han sido ampliamente criticadas a lo largo del siglo XX, particularmente por lo que se refiere a su excesiva… ehm… racionalidad, que lleva a ciudades rígidas, simples, sobre-reguladas y poco naturales.

Me pregunto si alguien se ha permitido añadir que, además, son feas.

Fuentes: Unité d’Habitation Cité Radieuse Marseille, Corbusierhaus Berlin, Maison Radieuse Le Corbusier de RezéWikipedia

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